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09/11/2020“Oro para que gane Trump, pero Trump no me ayuda mucho”. Esto decía el día de las elecciones presidenciales mi querido y respetado hermano Jorge Márquez. Recogía, creo, el sentir de muchos evangélicos iberoamericanos. Hay una cierta frustración detrás de este comentario: apoyo ciertamente esa candidatura, sobre todo porque la otra es terrible, pero esto no es exactamente lo que yo querría.
Y probablemente así sienten también muchos evangélicos estadounidenses. Pero vamos a ver; no se puede comprender que un colectivo tan relevante no sea capaz de construir una alternativa política propia y se tenga que ver abocado a apoyar a una persona tan controvertida como Trump; él suscribe propuestas que defendemos los evangélicos y ha incluido a evangélicos fieles en su equipo de gobierno, pero no podemos decir con convicción que representa la figura de un político evangélico.
¿Por qué los evangélicos no han sido capaces de conformar una alternativa propia, con un candidato del que podamos decir “este es definitivamente uno de los nuestros”? ¿Por qué no han podido presentar a alguien de la casa y se han puesto al abrigo de uno de afuera? ¿Por qué han tenido que renunciar al original para entregarse al sucedáneo?
Hay otro grupo de evangélicos estadounidenses que ha renunciado igualmente a su propia identidad para entregarse a una agenda ajena; me refiero a los que han votado a la otra candidatura. Es difícil explicarse cómo estados con presencia muy relevante de evangélicos han apoyado a un personaje como Biden que lleva como vicepresidenta a una persona que agrede profundas convicciones nuestras como creyentes ¿Es que ya no quedan candidatos evangélicos destacables en el Partido Demócrata?
En nuestro empeño en renegar de la izquierda y entregarnos acríticamente a la derecha, hemos dejado vacío de creyentes el territorio de la izquierda; ¿dónde están los creyentes con una voz profética en medio de la izquierda? ¿dónde están los evangélicos que desnuden ante la izquierda la falsedad de la ideología de género y su deriva reaccionaria y totalitaria? Si hoy hay un campo de misión necesitado de obreros evangélicos en la arena política es el campo de la izquierda.
Parece que los evangélicos estadounidenses han desistido de construir una agenda política propia y se han adherido sumisamente a la de otro, sea Trump o sea Biden; en muchos casos han votado contra uno de los dos en vez de hacerlo por convicción y responsabilidad. Así no se hace política, así no se construye un país. Con estas premisas estaba ya determinado que los evangélicos iban a entregar el poder a otros para que otros les impusiesen su programa.
Concluimos que se hace urgentemente necesario que los evangélicos nos sentemos a abrir la Palabra, confirmar los principios básicos en los que creemos, trabajar para definir cómo aplicarlos a la acción política de aquí y de ahora y conformar una agenda política propia que todos los evangélicos podamos compartir y defender con convicción para presentarla a la sociedad como una alternativa realista y transformadora. Tenemos que definir una cosmovisión propia, no tragarnos la de otros, y conformar una iniciativa política propia, no construirle la casa a otros.
No tenemos que construirle la casa ni a la derecha ni a la izquierda, no debemos entregarle nuestro patrimonio político a nadie; no podemos depender del éxito o el fracaso de otros: si avanzamos o retrocedemos, que sea porque nos lo hemos trabajado nosotros, no porque otros hayan jugado mal o bien con nuestros recursos.
Tenemos que poner nuestra cabeza a trabajar y esforzarnos por construir un discurso político nuestro, contrastándolo con la Palabra y asegurándonos de que puede transformar eficazmente la realidad social en la que el Señor nos ha puesto. “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta”.[1]
Otro acontecimiento político reciente importante revela nuestras carencias y la necesidad de conformar esa agenda política propia. Me refiero a las elecciones en Bolivia. Los evangélicos participamos en primera línea en la heroica lucha del pueblo boliviano para echar al tirano Evo Morales; fue un regalo inesperado ver a la hermana Jeanine Áñez acceder a la presidencia de la nación y a todos nos emocionó verla entrar en el palacio presidencial con la Biblia en la mano; se nos abrió entonces la oportunidad de demostrar que tenemos un programa propio que puede marcar la diferencia.
Pero las decisiones políticas de la presidenta fueron a veces titubeantes, a veces contradictorias (como cuando acordó incumplir su palabra de no presentarse como candidata, para desdecirse después) y con frecuencia deficitarias de convicción.
Desde la distancia, la impresión que percibimos fue que en su mandato no había una hoja de ruta clara, definida, no había un proyecto político original, consistente, sólidamente construido. Y las decisiones políticas no tuvieron profundidad, no modificaron seriamente la realidad; por poner un ejemplo, muchos hermanos se han quejado de que en esas elecciones hubo fraude, pero no se puede comprender que la presidencia mantuviese en sus cargos a responsables del sistema de control electoral que habían sido cómplices del fraude de Evo.
Es indudable la buena intención de nuestra hermana ex presidenta, pero el Señor nos pide que no nos quedemos en ser sencillos como palomas, sino que pongamos empeño en aprender a ser prudentes como serpientes.[2]
La imagen de nuestra querida Jeanine Áñez entrando con la Biblia en el palacio presidencial nos deja al final un sentimiento de emoción y tristeza: No es suficiente entrar con la Biblia, hay que abrirla, estudiarla, escudriñarla desde los ojos de la reflexión política, aplicando con creatividad sus principios a la redacción de un programa político (¡no se puede gobernar sin un programa político amplio, que no se limite al aborto y el matrimonio homosexual!) y desarrollar con sabiduría y profesionalidad ese programa en las correspondientes líneas de actuación sectoriales. Algunos tuvimos la triste sensación de que nuestra hermana y sus colaboradores entraron como ovejas entre lobos, y no tenían que haber dejado de ser ovejas, pero tenían que haberse preparado para ser al mismo tiempo prudentes como serpientes.
Para esta labor se necesita algo más que declaraciones y profecías: Moisés se pasó cuarenta años estudiando con dedicación antes de proponerse liderar el éxodo[3] y los tan nombrados hijos de Isacar de 1Cr 12.22, entendidos de los tiempos, no trabajaban a golpe de sueños, sino que para llegar a ser justamente “entendidos” se habían pasado tiempo haciendo trabajo intelectual de estudio histórico y preparación política; ciertamente la Palabra nos enseña que para entender los tiempos del presente y del futuro hay que estudiar con rigor los tiempos del pasado, pero es alarmante la falta de estudio y conocimiento histórico y de preparación política que se nota en algunos evangélicos que se lanzan a la arena política.
Necesitamos imperiosamente una agenda política propia, sencilla pero consistente, que se pueda aplicar de manera multiforme a la realidad de cada país, pero con grandes objetivos compartidos por toda la comunidad evangélica iberoamericana. El Centro de Estudios del Congreso Iberoamericano está trabajando en ello y se ofrece para dinamizar su diseño entre todos.
Oro para que la próxima vez que entremos con la Biblia en un palacio presidencial no lo hagamos detrás de otro político con su propia agenda, como Trump, ni nos quedemos con la Biblia cerrada en nuestra mano alzada, sino que la abramos, la escuchemos, la apliquemos a la realidad política, la acompañemos de trabajo de la mente, de estudio riguroso, académico y profesional y que con esa preparación alumbremos la realidad social, económica y política de nuestros países para transformarla desde sus raíces con una agenda política propia.
Fuente: evangelicodigital.com




